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Magisterio sobre amor, matrimonio y familia <br /> <b>Warning</b>: Undefined variable $titulo in <b>/var/www/vhosts/enchiridionfamiliae.com/httpdocs/cabecera.php</b> on line <b>29</b><br />
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[0680] • PAULO VI, 1963-1978 • GRANDEZA DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

De la Alocución Tout d’abord, al Movimiento Equipos de Nuestra Señora, 4 mayo 1970

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1.– [...] Frecuentemente se ha dicho con cierta injusticia que la Iglesia recelaba del amor humano. También queremos deciros claramente en este día: no. Dios no es enemigo de las grandes realidades humanas, y la Iglesia no desprecia en modo alguno los valores cotidianos vividos por millones de hogares. Muy al contrario, la buena nueva traída por Cristo Salvador es también una buena nueva para el amor humano, que es muy excelente en sus orígenes –“Y vio Dios que todo esto era bueno” (Génesis 1, 31)–, a pesar de haber sido corrompido por el pecado, y rescatado hasta el punto de llegar a ser, por la gracia, medio de santidad.

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2.–Como todos los bautizados, vosotros, en efecto, sois llamados a la santidad, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia solemnemente reafirmada por el Concilio (Cfr. Lumen gentium, núm. 11). Pero os corresponde llegar a la santidad a vuestra manera, en y por vuestro camino de hogar (Ibid, núm. 41). La Iglesia nos enseña: “Los esposos son capaces por la gracia, de llevar una vida santa” (Gaudium et spes, núm. 49, párr. 2), y de hacer de su hogar “como un santuario de la Iglesia en casa” (Apostolicam actuositatem, núm. 11). Estos pensamientos, cuyo olvido es tan trágico para nuestra época, os son ciertamente familiares. Desearíamos reflexionar sobre ellos con vosotros durante algunos instantes para reforzar todavía en vosotros, si hubiese necesidad de ello, la voluntad de vivir generosamente vuestra vocación humana y cristiana en el matrimonio (Cfr. Gaudium et spes, nn. 1, 47-52), y de colaborar juntos al gran designio de amor de Dios sobre el mundo, que es el de formarse un pueblo “para alabanza de su gloria” (Efes 1, 14).

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3.–Como nos enseña la Santa Escritura, el matrimonio, antes de ser un Sacramento, es una gran realidad terrena: “Dios creó al hombre a su imagen, a la imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Génesis 1, 27). Es necesario siempre volver a esta primera página de la Biblia, si se quiere comprender lo que es, lo que debe ser una pareja humana, un hogar. Los análisis psicológicos, las investigaciones psicoanalíticas, las encuestas sociológicas, las reflexiones filosóficas podrán ciertamente aportar sus luces sobre la sexualidad y el amor humano, pero nos cegarían si despreciásemos esta enseñanza fundamental que nos ha sido dada desde el principio: la dualidad de sexos ha sido querida por Dios, para que juntos el hombre y la mujer sean imagen de Dios, y como Él, fuente de vida: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla” (Gén 1, 28). Una lectura atenta de los Profetas, de los libros sapienciales, del Nuevo Testamento, nos muestra la significación de esta realidad fundamental, y nos enseña a no reducirla al deseo físico y a la actividad sexual, sino a descubrir en ella el carácter complementario de los valores del hombre y de la mujer, la grandeza y las debilidades del amor conyugal, su fecundidad y su apertura al misterio del designio de amor de Dios.

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4.–Esta enseñanza conserva hoy día todo su valor y nos defiende contra las tentaciones de un erotismo destructor. Este fenómeno denigrante debería, al menos, ponemos en guardia sobre el peligro de una civilización materialista que presiona oscuramente en este terreno misterioso que es como un último refugio de un valor sagrado. ¿Sabremos sacarlo de la ciénaga de la sensualidad? Sepamos, al menos, ante una invasión cínicamente realizada por industriales avaros, yugular sus efectos nefastos en los jóvenes. Sin barreras ni retrocesos, se trata de favorecer una educación que ayude al niño y al adolescente a tomar progresivamente conciencia de la fuerza de los impulsos que se despiertan en ellos, a integrarlos en la construcción de su personalidad, a dominar las fuerzas que surgen para realizar una plena madurez afectiva igual que la sexual, a prepararse por ello a la entrega de sí en un amor que le imprimirá su verdadera dimensión, de manera exclusiva y definitiva.

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5.–La unión del hombre y de la mujer difiere, en efecto, radicalmente de toda otra asociación humana, y constituye una realidad singular, es decir, la pareja fundada sobre la entrega mutua de uno a otra: “Y ellos se hacen una sola carne” (Gén 2, 24). Unidad cuya indisolubilidad irrevocable es el sello puesto sobre el compromiso libre y mutuo de dos personas libres que, “desde entonces, ya no son dos, sino una sola carne” (Mat 19, 6); una sola carne, una pareja, se podría casi decir un solo ser, cuya unidad tomará forma social y jurídica, por el matrimonio, y se manifestará por una comunidad de vida, cuya expresión fecunda es la entrega carnal. Es decir, al casarse los esposos expresan una voluntad de pertenecerse durante toda la vida y contraer con esta finalidad un vínculo objetivo, cuyas leyes y exigencias, lejos de ser una servidumbre, son una garantía y una protección, un verdadero apoyo, como vosotros mismos lo experimentáis en vuestra experiencia cotidiana.

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6.–El don no es, en efecto, una fusión. Cada personalidad permanece distinta, y lejos de disolverse en la entrega mutua, se afirma y se pule; crece a lo largo de la vida conyugal, según esta ley grande del amor: darse el uno al otro para darse juntos. El amor es, en efecto, el cimiento que da su solidez a esta comunidad de vida, y el impulso que la arrastra hacia una plenitud cada vez más perfecta. Todo el ser participa de ella, en las profundidades de ese misterio personal, y de sus componentes afectivos, sensibles, carnales igual que los espirituales, hasta llegar a constituir cada vez más perfectamente esta imagen de Dios que la pareja tiene como misión encarnar a lo largo de sus días tejiéndola con sus alegrías y con sus pruebas puesto que es una gran verdad que el amor es más que el amor. No existe amor conyugal alguno que no sea, en su exultación, impulso hacia el infinito, y que no se considere, en su impulso, total, fiel, exclusivo y fecundo (Cfr. Humanae Vitae, núm. 9). En esta perspectiva es donde el deseo encuentra su pleno significado. Medio tanto de expresión como de conocimiento y de comunión, el acto conyugal conserva, fortalece el amor, y su fecundidad conduce a la pareja a su pleno desarrollo: él se convierte, a imagen de Dios, en fuente de vida.

El cristiano sabe que el amor humano es bueno por su origen, y si ha sido, como todo lo que existe en el hombre, herido y deformado por el pecado, encuentra en Cristo su salvación y su redención. Por lo demás, ¿no es ésta la lección de veinte siglos de historia cristiana? Muchas parejas han encontrado realmente en su vida conyugal el camino de la santidad, en esta comunidad de vida que es la única que puede fundarse sobre un sacramento.

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7.–Obra del Espíritu Santo (Cfr. Tit. 3, 5), la regeneración bautismal hace de nosotros criaturas nuevas (cfr. Gál 6, 15). “llamadas a llevar, nosotros también, una vida nueva” (Rom 6, 4). En esta magna empresa de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, también purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, un sacramento de la nueva alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento como al principio del Antiguo, surge una pareja. Pero, mientras que la de Adán y Eva fue el origen del mal que se ha derramado por el mundo, la de José y María es la cumbre desde la cual la santidad se esparce sobre toda la tierra. El Salvador ha comenzado la obra de la salvación por esta unión virginal y santa en la que se manifiesta su voluntad omnipotente de purificar y santificar la familia, santuario del amor y cuna de la vida.

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8.–Desde entonces todo se ha transformado. Dos cristianos desean casarse; San Pablo les advierte: “Vosotros no os pertenecéis” (1 Cor 6, 19). Miembros de Cristo el uno y la otra “en el Señor”, su unión también se hace “en el Señor”, al igual que la de la Iglesia, “y ésta es la causa por la que dicha unión es un gran misterio” (Efes 5, 32). Una señal que no solamente representa el misterio de la unión de Cristo con la Iglesia, sino que la contiene y la irradia por la gracia del Espíritu Santo, que es su alma vivificante. Porque es precisamente el amor mismo que es propio de Dios el que Él nos comunica para que nosotros lo amemos y para que nosotros nos amemos también con este amor divino: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (Juan 13, 34). Las mismas manifestaciones de su ternura están, para los esposos cristianos, impregnadas de este amor que ellos beben en el corazón de Dios. Y, si la fuente humana corre el riesgo de estropearse, su fuente divina es tan inagotable como las profundidades insondables de la ternura de Dios. Hacia aquella comunión íntima, fuerte y rica tiende la caridad conyugal. Realidad interior y espiritual, ella transforma la comunidad de vida de los esposos “en lo que se podría llamar, según la enseñanza autorizada del Concilio, Iglesia doméstica” (Lumen gentium, núm. 11), una verdadera “célula de Iglesia”, como ya lo decía nuestro amadísimo predecesor Juan XXIII a vuestra peregrinación el 3 de mayo de 1959 (Discursos, mensajes, coloquios del Santo Padre Juan XXIII, I, Tip. Pol. Vat. p. 298) célula de base, célula germinal, la más pequeña sin duda, pero también la más fundamental del organismo eclesial.

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9.–Tal es el misterio en el que se enraíza el amor conyugal, y que ilumina todas sus manifestaciones. Misterio de la Encarnación, que eleva nuestras virtualidades humanas penetrándolas desde el interior. Lejos de despreciarlas, el amor cristiano las conduce, en efecto, a su plenitud, con paciencia, generosidad, fuerza y dulzura, como San Francisco de Sales gustaba subrayar cuando hacía el elogio de la vida conyugal de San Luis. (Introducción a la vida devota, III parte, cap. 38, Aviso para los matrimonios en Obras, Biblioteca de la Pléyade, París, Nrf. Gallimard, 1969, p. 237). Porque, si la fascinación de la carne es peligrosa, la tentación de angelismo no lo es menos, y una realidad despreciada tarda muy poco en reivindicar su puesto. Así pues, conscientes de llevar sus tesoros en vasos de barro (Cfr. 2 Cor 4, 7), los esposos cristianos deben esforzarse, con humilde fervor, por traducir en su vida conyugal las recomendaciones del Apóstol Pablo: “Vuestros cuerpos son miembros de Cristo... Templos del Espíritu Santo...; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 6, 13-20). “Casados en el Señor”, los esposos no pueden desde entonces unirse más que en nombre de Cristo a quien pertenecen y para quien deben trabajar como sus miembros activos. Así pues, ellos no pueden disponer de su cuerpo, concretamente en cuanto que es principio de generación, sino en el espíritu y para la obra de Cristo, toda vez que ellos son miembros de Cristo.

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10.–“Colaboradores libres y responsables del Creador” (H. V., núm. 1), los esposos cristianos ven que su fecundidad carnal adquiere por ello una nobleza nueva. El impulso que les alienta a unirse es portador de vida y permite a Dios procurarse hijos. Convertidos en padre y madre, los esposos descubren con asombro, en las fuentes bautismales, que su hijo es desde entonces, hijo de Dios, “renacido del agua y del Espíritu” (Juan 3, 5), y que les es confiado para que ellos cuiden ciertamente de su crecimiento físico y moral, pero también de la eclosión y de la manifestación en él del “hombre nuevo” (Efes 4, 24). Este hijo no es solamente lo que ellos ven, sino también lo que ellos creen, “una infinidad de misterio y de amor que nos deslumbraría si le viésemos cara a cara...” (Manuel Mounier a su mujer Paulette, el 20 de marzo de 1940 en Obras t. IV París, Seuil, 1963 p, 662). También la educación se convierte en verdadero servicio de Cristo, según su misma palabra: “Lo que hacéis a uno de mis pequeños, a Mí me lo hacéis” (Mat 25, 40). Y si sucede que el adolescente se cierra a la acción educativa de los padres, éstos participan entonces dolorosamente, en su misma carne, de la pasión de Cristo ante la negación del hombre.

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11.–Queridos padres, Dios no os ha confiado una tarea tan importante (Cfr. Gravissimum educationis) sin haceros un don prodigioso, su amor de padre. Por medio de los padres que aman a su hijo en el que vive Cristo, es el amor del Padre el que se derrama en su hijo muy amado (Cfr. 1 Juan 4, 7-11). Por medio de su autoridad es su autoridad la que ejerce. Por medio de su abnegación, su providencia de “Padre, de quien toda paternidad trae su nombre, en el cielo y en la tierra” (Cfr. Efes 3, 15). También el pequeño bautizado, a través del amor de sus padres, hace el descubrimiento del amor paternal de Dios y, nos dice el Concilio, “la primera experiencia de la Iglesia” (Grav. Educationis, núm. 3). Sin duda que no tomará conciencia de ello sino cuando sea mayor, pero ya el amor divino, a través de la ternura de su padre y de su madre, hace brotar y desarrollarse en él su ser de hijo de Dios. Así, pues, grande es realmente el esplendor de vuestra vocación, a la que Santo Tomás considera con justicia muy semejante al ministerio sacerdotal: “Algunos propagan y defienden la vida espiritual por un ministerio únicamente espiritual: es el objeto del sacramento del orden; otros lo hacen por un ministerio a la vez corporal y espiritual; es lo que realiza el sacramento del matrimonio, que une al hombre y la mujer para que engendren una descendencia y la eduque con miras al culto de Dios” (Contra Gentiles IV, 58, trad. Bernier-Kerouanton, Paris, Lethielleux, 1957, p. 313).

Los hogares que conocen la dura prueba de no tener hijos son llamados también, sin embargo, a cooperar al crecimiento del pueblo de Dios, de múltiples maneras.

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12.–En esta mañana, desearíamos solamente atraer vuestra atención sobre la hospitalidad que es una forma preeminente de la misión apostólica del hogar.

La recomendación de San Pablo a los Romanos: “Practicad la hospitalidad con ardor” (12, 13), ¿no se dirige en primer lugar a los hogares y él mismo, al formularla, no pensaba en la hospitalidad del hogar de Aquila y Priscila de la que él había sido el primer beneficiario, y que, en consecuencia, debía acoger a la asamblea cristiana? (Cfr. Hechos 18, 2-3; Rom 6, 34; 1 Cor 16, 19). En nuestros tiempos, tan duros para muchos, realmente es una gracia ser acogidos “en esta pequeña Iglesia”, según la palabra de San Juan Crisóstomo (Homilía 20 sobre los Efesios 5, 22-24, núm. 6; PG 62, 135-140), entrar en su ternura, descubrir su maternidad, experimentar su misericordia, pues es una evidente realidad que un hogar cristiano es “el rostro sonriente y dulce de la Iglesia” (Expresión de un hogar de los “Equipos de Nuestra Señora”, citada por H. Caffarel en “El Anillo de Oro”, núms. 111-12; “El matrimonio, este gran Sacramento”, París, Feu nouveau, 1963, p. 262). Se trata de un apostolado insustituible que os corresponde realizar generosamente, un apostolado de hogar para el cual la formación de los novios, la ayuda a los matrimonios jóvenes, el auxilio a los hogares en apuros constituyen campos privilegiados. Ayudándoos mutuamente, ¿de qué tareas no sois capaces en la Iglesia y en la ciudad?

Os invitamos a ello con una gran confianza y con mucha esperanza: “La familia cristiana proclama en voz alta el poder actual del Reino de Dios y la esperanza de la vida bienaventurada. Así también, por su ejemplo, por su testimonio, ella convence al mundo del pecado e ilumina a los hombres en busca de la verdad” (Lumen gentium, núm. 35).

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13.–Queridos hijos y queridas hijas, vosotros estáis perfectamente convencidos de ello, y viviendo las gracias del sacramento del matrimonio camináis “con un amor incansable y generoso” (Ibid, núm. 41) hada esta santidad a la cual todos somos llamados por la gracia (Cfr. Mt 5, 48; 1 Tes 4, 3; Efes 1, 4), y no ciertamente por exigencia arbitraria, sino por amor de un Padre que quiere la perfección plena y la dicha total de sus hijos. Además, para llegar a ella, vosotros no estáis confiados a vosotros mismos, toda vez que Cristo y el Espíritu Santo, “estas dos manos de Dios”, según la expresión de San Ireneo, trabajan incesantemente por vosotros (Cfr. Contra los Herejes, IV, 28, 4; PG 7, 1, 200). No os dejéis, pues, vencer por las tentaciones, las dificultades, las pruebas que surgen en el camino, ni tengáis miedo de marchar, cuando sea necesario en contra de la corriente de lo que se piensa y se dice en un mundo de costumbres paganizadas. San Pablo nos previene de ello: “No os mostréis de acuerdo con este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestro espíritu” (Rom 12, 2). No os desaniméis, a la hora de las deserciones: nuestro Dios es un Padre lleno de ternura y de bondad, colmado de solicitud y desbordante de amor para sus hijos que encuentran dificultades en su camino. Y la Iglesia es una madre que trata de ayudaros a vivir en toda su plenitud este ideal del matrimonio cristiano del que os recuerda, con su belleza, todas sus exigencias.

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14.–Queridos hijos, capellanes de los “Equipos de Nuestra Señora”, vosotros lo sabéis por una larga y rica experiencia: Vuestro celibato consagrado os hace particularmente disponibles, para ser junto a los hogares, en su marcha hacia la santidad, los testigos operantes del amor del Señor en la Iglesia. A lo largo de los días, vosotros les ayudáis a “marchar en la luz” (1 Juan 1, 7), a pensar justamente, es decir, a ajustar su conducta en la verdad; a querer justamente, es decir, a orientar, como hombres responsables, su voluntad hacia el bien; a obrar justamente, es decir, a colocar progresivamente su vida, a través de los azares de la existencia, al unísono de este ideal del matrimonio cristiano que ellos persiguen generosamente. ¿Quién no lo sabe? No es sino poco a poco como el ser humano llega a jerarquizar y a integrar sus múltiples tendencias hasta ordenarlas armoniosamente en esta virtud de la castidad conyugal donde la pareja encuentra su plena manifestación humana y cristiana. Esta obra de liberación, porque de ello realmente se trata, es el fruto de la verdadera libertad de los hijos de Dios, cuya conciencia exige a la vez ser respetada, educada y formada, en un clima de confianza y no de angustia en el que las leyes morales, lejos de tener la frialdad inhumana de una objetividad abstracta, están allí para guiar a la pareja en su camino. Cuando los esposos se esfuerzan, en efecto, paciente y humildemente sin dejarse desanimar por los fracasos, por vivir verdaderamente las exigencias profundas de un amor santificado que las reglas morales les recuerdan, éstas no se rechazan como un obstáculo, sino que se consideran como un auxilio poderoso.

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15.–La vida de los esposos, como toda vida humana, conoce perfectamente etapas, y las épocas difíciles y dolorosas –vosotros los experimentáis a lo largo de los años– tienen también su puesto. Pero es necesario decirlo muy alto: jamás la angustia y el miedo deberán encontrarse en las almas de buena voluntad, porque al fin ¿el Evangelio no es una buena nueva también para los hogares, y un mensaje que, aun cuando es exigente, no es menos profundamente liberador? Tomar conciencia de que todavía no se ha conquistado su libertad interior, que todavía se encuentra sometido al impulso de sus tendencias, descubrirse casi incapaz de respetar, al instante, la Ley moral, en un terreno tan fundamental, suscita naturalmente una reacción de angustia. Pero es el momento decisivo en el que el cristiano, en su desarrollo, en lugar de abandonarse a la rebelión estéril y destructora, accede, con humildad, al descubrimiento desconcertante del hombre ante Dios, un pecador ante el amor de Cristo salvador.

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16.–Partiendo de esta toma de conciencia radical, se modela todo el progreso de la vida moral, al encontrarse la pareja “evangelizada” de este modo en sus profundidades, y al descubrir los esposos “con temor y temblor” (Fil 2, 12), pero también con una alegría llena de admiración, que en su matrimonio, como en la unión de Cristo y de la Iglesia, es el misterio pascual de muerte y de resurrección el que se realiza. En el seno de la gran Iglesia, esta pequeña iglesia se conoce entonces por lo que ella es en verdad: una comunidad débil y a veces pecadora y penitente, pero perdonada, en marcha hacia la santidad, “en la paz de Dios, que supera toda inteligencia” (Fil 4, 7). Lejos de estar, por tanto, al abrigo de toda deserción “que aquél que se vanaglorie de estar en pie tenga cuidado de no caer” (1 Cor 10, 12), ni dispensados de un esfuerzo perseverante, a veces en condiciones crueles que únicamente el pensamiento de participar en la Pasión de Cristo puede hacer soportar (Cfr. Colos 1, 24), los esposos saben al menos que las exigencias de vida moral conyugal que la Iglesia les recuerda no son leyes intolerables ni impracticables, sino un don de Dios para ayudarles a llegar, a través y por encima de sus debilidades, a las riquezas de un amor plenamente humano y cristiano. Y así, lejos de tener el sentimiento angustioso de encontrarse como acorralados en un callejón sin salida, y según los casos, de dejarse caer acaso en la sensualidad, abandonando toda práctica sacramental, incluso rebelándose contra una Iglesia considerada como inhumana, o de agotarse en un esfuerzo imposible a costa de la armonía y del equilibrio, incluso de la supervivencia del hogar, los esposos se abrirán a la esperanza, en la certeza de que todos los recursos de gracia de la Iglesia están allí para ayudarles a marchar hacia la perfección de su amor.

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17.–Éstas son las perspectivas en las cuales los hogares cristianos viven, en medio del mundo, la buena nueva de la salvación en Cristo, y progresan hacia la santidad en y por su matrimonio, con la luz, la fuerza, la alegría del Salvador. Éstas son también, de igual manera, las orientaciones fundamentales del apostolado de los “Equipos de Nuestra Señora”, partiendo del testimonio de su propia vida, cuya fuerza de persuasión es tan grande. Inquieto y enfebrecido, nuestro mundo se debate entre el temor y la esperanza, y numerosos jóvenes comienzan a caminar, titubeando, por el camino que se abre ante ellos. Que esto sea para vosotros un estímulo y una llamada. Con la fuerza de Cristo, podéis y, en consecuencia, debéis realizar grandes cosas. Meditad su palabra, recibid su gracia en la oración y en los sacramentos de Penitencia y de Eucaristía, consolaos los unos a los otros, testimoniando con sencillez y discreción vuestra alegría. Un hombre y una mujer que se aman, una sonrisa de niño, la paz de un hogar; predicación sin palabras, pero extraordinariamente persuasiva, en la que todo hombre puede ya presentir, como por transparencia, el reflejo de otro amor, y su llamada infinita.

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18.–Queridos hijos, la Iglesia, de la que sois células vivientes y operantes, da por mediación de vuestros hogares como una prueba experimental del poder del amor salvador, y produce sus frutos de santidad. Hogares probados, hogares felices, hogares fieles, vosotros preparáis para la Iglesia y el mundo una nueva primavera cuyas primeras flores nos hacen ya saltar de gozo.

[E 30 (1970), 656-658]